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martes, 8 de diciembre de 2009

Franz Ferdinand, de sorpresa en sorpresa

Últimamente tengo que revisar todos mis prejuicios. Y es que, después de la grata sorpresa que supuso el gran concierto de Muse, otros británicos me han vuelto a pillar desprevenida. Tal vez fuera porque soy una recién llegada a la música de Franz Ferdinand o porque empiezo a desconfiar sistemáticamente de todo grupo que no supere los diez años de carrera, pero lo cierto es que el recital que ofrecieron los escoceses el pasado sábado en Badalona me sorprendió hasta parecerme sobresaliente, un auténtico derroche de energía, de actitud y, por qué no, de valentía.

No era la primera vez que Franz Ferdinand venían a Barcelona pero sí que era mi primer concierto de la banda. Hace poco tiempo que sigo al grupo escocés así que desconocía totalmente su solvencia en directo. En estos tiempos que corren, donde las modas van y vienen de manera invasiva, es fácil caer en ciertos prejuicios y recelar de todo aquél que lleve la siempre sospechosa etiqueta indie. No quiero decir con eso que la música de Franz Ferdinand no me parezca buena, ni mucho menos, pero sí que desconfiaba un poco de su capacidad para hacerla crecer en directo. En otras palabras, el sábado fui al Pavelló Olímpic de Badalona pensando que pasaría un buen rato, que vería a miles de personas flipar con Take me out... pero creyendo también que sería un concierto más bien corto, sin demasiado misterio, compuesto por una sucesión de hits calcados a las versiones de estudio. En fin, que no di una.

El espectáculo comenzó con un poco de retraso, lo que hizo bastante cansada la espera en las primera filas, donde la gente estaba bastante apretada. El espacio aún se estrechó más cuando el grupo salió a escena y abordó No you girls, uno de los singles de su último disco. La respuesta del público fue inmediata. Como si se tratara de un clásico, la gente se comprimió hacia delante y empezó a botar con entusiasmo, al tiempo que la banda daba muestras de su manera de ser sobre el escenario: sonrisa permanente, energía a raudales y ganas de que todo el mundo, ellos también, se lo pasara en grande.




Si el comienzo del concierto fue movido, la verdadera locura llegó con el segundo tema, The Dark of the Matinée, que provocó un vaivén incesante en la pista. El que fuera single de su primer disco, el homónimo Franz Ferdinand, acabó de caldear el ambiente para acoger a continuación otro tema de sus inicios, Tell her tonight. Se trata de una de les canciones más peculiares del grupo, entre otras cosas porque las estrofas están cantadas por Nick McCarthy, el guitarrista.

Después de dos temas con regusto clásico, llegó un nuevo corte del último disco, Can't stop feeling. Me parece que fue el primero del set en el que utilizaron de manera más intensa la pantalla que servía de fondo al grupo, iluminando una gran cuadrícula que daba cierto aire disco a la escena. El sonido de sintetizador que identifica este tema fue coreado por el público, aún entusiasmado por el gran arranque del concierto.

Franz Ferdinand no permitieron que la gente se relajara a base de material nuevo porque Do you want to irrumpió en seguida como un vendaval. Al grito de "lucky, lucky, you're so lucky", la pista retomó los botes al unísono mientras acompañaba con los brazos en alto los "tu tu tutururu" de Alex Kapranos y compañía. Mantenerse quieto en una canción como ésta es imposible.

Con mucha picardía, los escoceses aprovecharon el tirón de este hit de su segundo disco, You could have it so much better, para volver a ofrecer otra dosis de material nuevo.  En este caso le tocó a What se came for que, como en el disco, mostró la vertiente más rockera del grupo. Su final, con Kapranos ocupándose del endiablado solo, hizo vibrar sin duda a los fans menos poperos.

Con las guitarras aún resonando en el ambiente, llegó uno de los puntos fuertes del concierto. Mientras la contundente batería de Paul Thomson marcaba el tempo, Kapranos adoptó el papel de maestro de ceremonias para presentar a la banda, al tiempo que ésta iba descubriendo nota a nota otro de los temas del primer disco, This fire. Fue una de las canciones más versionadas de la noche, con un Kapranos muy versátil que lució voz y guitarra y que alargó la canción bastantes minutos. Para rematarlo, el escocés cedió un micrófono a la primera fila para que una chica cantara con todas sus fuerzas aquello de "this fire is out of control, I'm going to burn this city, burn this city". Tras este momentazo, llegó otra versión sorprendente, en este caso de Live alone. El tema del nuevo disco se presentó con unos arreglos diferentes, menos electrónica y más cercana al concepto de balada.



Y entonces, más pronto de lo esperado, llegó el hit por excelencia, Take me out. A la primera nota, la pista entera (o al menos eso he visto en algún video de YouTube) despegó sus pies del suelo para bailar el tema más conocido del grupo. Cuando Kapranos acabó de cantar la estrofa inicial, el ritmo se ralentizó y empezó el famoso riff, ya no quedaba nadie que se resistiera a botar. Eso sí, es tremendamente difícil hacerlo al tempo de la canción, por mucho que el cantante y el guitarrista lo hagan a la perfección sobre el escenario.

Después de soltar un éxito de este calibre, era difícil imaginar cómo transcurriría la seguna mitad del concierto. Por lo pronto, el grupo echó mano de Ulysses, el primer single de Tonight, muy coreado también por la gente. Personalmente es un tema que me encanta y que se me hace cortísimo. Después vendría The Fallen, el corte que abre a lo grande su segundo disco. Y siguiendo con la dinámica de alternar clásicos y material nuevo, siguió uno de los temas de Tonight que mejor suenan en directo, Turn it on.

Para cerrar el set principal, los cuatro escoceses hicieron una apuesta segura y encadenaron tres de los canciones más destacadas de sus discografía. 40', una de mis favoritas, sería la primera. A continuación, llegaría la siempre esperada Michael, y cerraría antes del descanso Outsiders. Esta última nos deparó otro de los grandes momentos del concierto cuando, a modo de cierre, los escoceses ofrecieron una batucada a ocho manos que se alargó más de 3 minutos. En sólo un instante, montaron una batería a uno de los lados del escenario, pegados al foso, e iniciaron un espectáculo de percusión de lo más lucido. Los cuatro componentes del grupo parecieron pasárselo en grande golpeando sin parar, y perfectamente coordinados, todos los bombos y platillos mientras el público no paraba de aplaudir.

En este punto del concierto, era complicado hacer una quiniela de temas para el bis. Casi todos los clásicos habían desfilado ya, así que bien podrían haber hecho un encore de dos únicos temas y despedir así la noche. Afortunadamente, no fue ésta la opción de los escoceses, que aún guardaban cuatro canciones para cerrar el set list. La primera fue Walk away, que empezó Kapranos a solas en el escenario, centrando toda la atención sobre su voz. Nuevamente, el grupo ofreció una versión diferente a la del disco, lo que fue una constante durante todo el concierto.

Me alegré al escuchar a continuación las primeras notas de uno de mis temas preferidos, la mítica Darts of pleasure, del primer disco. La gente tenía ganas de gritar esos versos finales en alemán: "Ich heiße Superphantastisch! Ich trinke Schampus mit Lachsfisch! Ich heiße Su-per-phan-tas-tisch!". Incluso algunos los comenzaron antes de tiempo.

Con una versión bastante celebrada (sobre todo por los fans más experimentados) del tema de LCD Soundsystem All my friends, Franz Ferdinand emprendieron la siempre difícil tarea de cerrar un concierto de manera inolvidable. Y doy fe que lo consiguieron. Cuando ya no les quedaban hits en la recámara (aunque esta vez no tocaran ni Jacqueline ni Auf Asche), tuvieron la osadía de ofrecer una versión increíble de la reciente Lucid dreams, apenas reconocible en sus primeros compases. El tema dio pie a una locura electrónica que se prolongaría casi hasta la eternidad con el batería, Paul, como único protagonista.

Para un grupo con sólo tres discos no siempre es fácil completar un concierto de 1h 45m. Franz Ferdinand lo consiguieron con un ritmo bastante bien conseguido para mi gusto, alternando con gracia temas nuevos (aunque ya rodados) con otros que ya tienen completamente ganado al público. Lo hicieron además con mucha simpatía, y no sólo porque Kapranos se marcara más de una y de dos palabras en catalán. Desde las primeras filas se percibió en sus caras que se lo estaban pasando bien y que, para ellos, era un gran privilegio poder compartir ese momento con unos cuantos miles de personas. Con ese estado de ánimo, supongo que es más fácil sorprender a la audiencia. En resumen, que los cuatro de Glasgow saben sacarle todo el jugo al directo y que no dudaré en irles a ver de nuevo si vuelven a Barcelona.


domingo, 15 de noviembre de 2009

La catarsis de Rammstein


Según la Real Academia de la Lengua Española, para los antiguos griegos la catarsis era la "purificación ritual de personas o cosas afectadas de alguna impureza". Tal definición podría aplicarse sin demasiados miramientos a algunos conciertos, y muy especialmente a los de Rammstein, auténticos rituales de desahogo para los miles de seguidores que acuden a ellos. Entre fuego y guitarras, el grupo y su público participan de una gran catarsis colectiva, tal como volvió a ocurrir el pasado jueves 12 de noviembre en el Pavelló Olímpic de Badalona, en mi tercer concierto de la banda alemana.

Siempre que Rammstein están de gira por estas tierras, el frío arrecia. Tal vez sea por la necesidad de compensar todas las calorías que llegan a provocar los seis alemanes, acostumbrados como están al manejo de la pirotecnia y los lanzallamas. Hay que recordar que, para este grupo, el fuego no es una simple demostración de poder económico (a más fama, más efectos especiales) sino que forma parte de su espectáculo desde sus inicios, cuando aún tocaban en salas pequeñas y apenas se les conocía fuera de Alemania. Puede resultar circense, e incluso excesivo, pero al fin y al cabo es un elemento más de la identidad de Rammstein. Y nos gusta.

El pasado jueves, el grupo no decepcionó en absoluto, a pesar del momentáneo y poco oportuno problema de sonido en la espectacular Frühling in Paris. Lástima que, aunque unos y otros le pusieran buen humor al contratiempo, los alemanes no decidieran repetir el tema. Pero bueno, poco se les puede reprochar en una noche que me pareció memorable en cuanto a capacidad de sorpresa y contundencia.

El espectáculo arrancó como estaba escrito, con Rammlied, el primer tema del recién estrenado Liebe ist für alle da. El grupo apareció en el escenario rompiendo un muro, en un oportuno homenaje a los 20 años de la caída del muro de Berlín. Los carismáticos guitarristas, Paul y Richard, hicieron su hueco a base de hachazos mientras que Till, como no podía ser de otra manera, optó por hacer su entrada ayudado por un soplete. Como es habitual, los seis componentes del grupo se distribuyeron en dos niveles, abajo cantante y guitarristas y arriba bajista, teclados y batería. También como en otras ocasiones, cada cual lució un look propio, que iba desde la vestimenta ultra brillante de Flake hasta el minimalismo de los shorts de cuero de Paul.

Como decía, la descarga comenzó con Rammlied, un tema que ilusionó rápidamente al público aunque no sonara de manera óptima (el sonido tardó un par de temas en ajustarse bien). A continuación, Rammstein no se cortaron un pelo y afrontaron dos temas más del nuevo disco, B******** (no me la imaginaba tan pronto en el set) y la espectacular Waidmanns Heil. Fue sorprendente la apuesta por LIFAD pero aún más por empezar con algunos de los temas más duros del disco. Rammstein nunca han sido unos cobardes, está claro.

El primer tema anterior a 2009 fue Keine Lust, de nuevo una canción potente que fue la única que tocarían de Reise, Reise (prescindiendo incluso del single Mein Teil). A continuación llegó una de las sorpresas del concierto, la recuperación de un clásico de Herzeleid, Weisses Fleisch. Schneider y Flake hicieron de las suyas en este tema, como es de rigor, lo que creó un buenísimo ambiente para recibir otra de las canciones que siguen enloqueciendo al personal: Feuer Frei!!. El espectáculo de Till, Paul y Richard con los ya famosos lanzallamas colocados sobre sus caras volvió a caldear el recinto. Nunca falla y que así sea por muchos años.

Tras esto, se produjo uno de los momentos más escenificados y estremecedores de la noche (ver vídeo). Till apareció dándole a la manivela de un gramófono, en medio de una oscuridad que sólo rompía una pequeña lámpara de pie. Tras recitar de rodillas los primeros versos de Wiener Blut, el pabellón se quedó absolutamente a oscuras y en silencio. Cuando se volvieron a encender los focos y unos láser de color verde, al tiempo que estallaban las guitarras y la batería, se pudo ver la imagen terrorífica de unas muñecas medio rotas y desnudas colgadas encima del escenario. Fue sin duda una gran representación para un tema que reza "willkommen in der Dunkelheit" y que está inspirado en la historia del "monstruo de Amstetten". Un 10.



Luego llegaría otro tema muy esperado de LIFAD, la balada Frühling in Paris. Lástima que su belleza quedara truncada por un problema de sonido que enmudeció el micro de Till durante unos segundos. El público y el propio grupo salvaron la papeleta a base de palmas pero eso no evitó que la canción quedara muy deslucida. Afortunadamente, ese momento crítico fue rápidamente compensado con otro de los puntos clave del concierto, la ya clásica tortura a Flake que, en esta ocasión, quedó contextualizada en Ich tu dir weh, uno de los temas más conseguidos del nuevo disco. El grupo volvió a sorprender a los presentes con una vuelta más de tuerca. Till se subió en una pequeña plataforma que se alzó muchos metros por encima del escenario, armado con un recipiente de leche que, lejos de contener este líquido inofensivo, iba cargado de fuego y pirotecnia. Desde las alturas, y aprovechando el interludio del tema, roció sin compasión a Flake, que se había guarecido en una bañera y que aguantó como pudo la lluvia de fuego. Este nuevo bloque de canciones de LIFAD se cerraría con el tema homónimo donde Richard sorprendió con un solo casi inédito en los recitales de Rammstein.

Luego siguió el espectáculo. Till fue a buscar un surtidor de gasolina y acometió una tema obvio, Benzin. El divertimento se saldó con el público vibrando y gritando el estribillo mientras las llamas chamuscaban a un "presunto" espontáneo que, en realidad, era un especialista de lo más cachondo.

Y entonces, cuando ya creíamos que la habían olvidado, empezaron los ritmos marciales de Links, 2,3,4. Tal vez porque no la habían tocado a principio de set, como en giras anteriores, el público se la tomó con más ganas y no paró de botar.  Fue memorable y olió a clásico por todas partes. Con su empuje llegó otro tema obligado, Du hast, que no dio tiempo a recuperar el aliento. A pesar de no faltar nunca en el repertorio de Rammstein, su puesta en escena fue nuevamente revisada. En esta ocasión, las llamas que corren por encima del público acabaron en una gran explosión y un fuego que se prolongó al borde del escenario. El grupo, incluído Schneider, aprovechó este momento extra musical para saludar a su público.

Después llegó el polémico single de LIFAD, Pussy, que funcionó perfectamente en directo, como era fácil presagiar. La escenificación tampoco tuvo desperdicio, con Till montado sobre un gran cañón que simulaba el miembro viril y que roció de espuma a buena parte del público. Tampoco faltó una lluvia de confeti con los colores de la bandera alemana que hizo las delicias de la gente mientras se resolvió el tiempo de espera hasta el primer bis.

El encore tuvo todo lo necesario. Empezó con otro clásico de Mutter, Sonne, y siguió con un tema que ya no esperábamos, Haifisch. La canción del tiburón, perteneciente al último disco, es una de las más redondas del álbum, con sus sonoridades a lo Depeche Mode. El bis se cerró con otra de las impepinables de Mutter, Ich will, que volvió a elevar al público por encima del suelo.

Y para el segundo encore, la segunda gran sorpresa de la noche. Oli apareció iluminado por un foco y punteó en su bajo uno de los grandes clásicos del grupo, la mágica Seemann. El público respondió entusiasmado y más cuando percibió que la ya habitual lancha inflable se deslizaba sobre la audiencia con el liviano Flake sobre ella. Hay que recordar que en las últimas giras había sido Oli quien se había aventurado sobre la barca mientras sonaba la versión de Stripped.

Y, para concluir el espectáculo, otro momento mágico. Richard comienza a silbar y arranca la Engel con la que muchos soñábamos, un gran broche para un concierto que bien valió el frío que sufrimos haciendo cola.

Por cierto, los teloneros en esta ocasión fueron Combichrist, un sorprendente y duro grupo de tecno electro-industrial (¿se permite la extraña etiqueta?) que tuvo muy buena acogida entre el público, al que movió a base de percusión y teclados.